Agrigento, una ciudad de leyendas

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Intentar describir Sicilia es un desafío con pocas posibilidades de victoria, además de no poder encontrar palabras adecuadas para la belleza y sobre todo para la fuerza que esta tierra irradia constantemente, significaría también atribuir a toda costa un sentido a la contradicción, determinar el absoluto o usar el discernimiento en el desorden más ancestral y encantador.

La isla más grande del Mediterráneo es tierra soleada, cuna de muchas civilizaciones, lugar de encuentro y desencuentro, brillante y oscura, generosa y mezquina, amable y reservada, extrovertida e intimista, lugar de visible e invisible. Todo en Sicilia destaca por su paradoja y contradicción, lugares y cosas, personajes reales y fantasmas de la imaginación. Sin embargo, al final, revolviendo la baraja y repartiendo las cartas, siempre sale Sicilia. Un lugar donde se pierde demasiado y se gana más. 

En el sudoeste de Sicilia entre los paisajes más típicos de esta isla mágica, se encuentra Agrigento, la ciudad con el sitio arqueológico más grande y mejor conservado del mundo que en 1977 entró a formar parte de los monumentos Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. El Valle de los Templos, en italiano Valle dei Templi, es una entera ciudad en ruinas. Se caracteriza por comprender restos de más de diez templos de estilo dórico, tres santuarios, varias necrópolis, jardines, fuentes y fortines. 

Sin embargo Agrigento es muy fascinante por las historias y las leyendas que descubres paseando por el casco antiguo y mirando con curiosidad a cada detalle de sus calles empedradas. 

La leyenda de la Testa di Moro 

Esta historia se remonta a los tiempos de la dominación árabe. Se cuenta que en aquel entonces, había una hermosa muchacha que, apasionada de las flores, pasaba sus días cuidando las plantas colocadas en su balcón. Un día pasó por allí un joven moro que notó a la muchacha y no pudo evitar enamorarse de ella, tan grande era su sencilla belleza.

El joven le declaró inmediatamente su amor y ella, admirando la audacia del pretendiente, también se enamoró de él.

Pero el joven moro ya estaba casado e incluso tenía hijos. Cuando la hermosa muchacha descubrió que su amado tendría que regresar a su tierra para ir a ver a su familia, esperó que el atardecer se convirtiera en noche y lo mató mientras dormía. Le cortó la cabeza y la transformó en grasta (maceta, en dialecto siciliano) de albahaca y la puso junto con las otras plantas en el balcón. De esta manera, el moro se quedaría con ella para siempre.

La planta creció lujuriante y despertó la envidia de los habitantes del vecindario que, para no quedarse atrás, hicieron macetas de terracota que obviamente tomaron la forma de una cabeza de moro.

La leyenda de la Scala dei Turchi

Es el segundo lugar más visitado en el área de Agrigento después del Valle de los Templos.

La leyenda dice que durante las invasiones sarracenas del siglo XVI, aquellos que fueron llamados por error turcos entraron en el territorio de Realmonte, escalando las estratificaciones de este acantilado que toma de forma natural la apariencia de una escalera. La referencia a los turcos es en realidad genérica ya que, este término, en el dialecto siciliano, indica aproximadamente a todos los pueblos procedentes del norte de África y de religión islámica. Sin embargo es precisamente desde aquí que la Scala dei Turchi toma su nombre, hoy reconocido como uno de los paisajes más hermosos de Italia.

Sicilia es así: teatral y sorprendente, cada rincón esconde una historia, cada persona que conoces te da una pequeña parte de si mismo que te involucra. Es una tierra que transforma leyendas en arte puro, y en ocasiones puede transformar el sueño en una realidad vibrante.

Un agrigentino muy especial, Luigi Pirandello

 

«Una notte di giugno io caddi come una lucciola sotto un gran pino solitario in una campagna d’olivi saraceni affacciata agli orli d’un altipiano d’argille azzurre sul mare africano. Si sa le lucciole come sono. La notte, il suo nero, pare lo faccia per esse che, volando non si sa dove, ora qua ora là vi aprono un momento quel loro languido sprazzo verde. Qualcuna ogni tanto cade e si vede allora sì e no quel suo verde sospiro di luce in terra che pare perdutamente lontano. Così io vi caddi quella notte di giugno, che tant’altre lucciole gialle baluginavano su un colle dov’era una città la quale in quell’anno pativa una grande morìa. Per uno spavento che s’era preso a causa di questa grande moria, mia madre mi metteva al mondo prima del tempo previsto, in quella solitaria campagna lontana dove s’era rifugiata. Un mio zio andava con un lanternino in mano per quella campagna in cerca d’una contadina che aiutasse mia madre a mettermi al mondo. Ma già mia madre s’era aiutata da sé ed io ero nato prima che quel mio zio ritornasse con la contadina. Raccattata dalla campagna, la mia nascita fu segnata nei registri della piccola città sul colle… Io penso che sarà cosa certa per altri che dovevo nascere là e non altrove e che non potevo nascere dopo né prima.»